Sociedad

Ser astronauta no es bueno para la salud

Written by David Lobato

Por favor, no deseen comprender en la próxima aseveración ningún doble significadoventajista al hilo de la actualidad política, mas la verdad es que «ser astronauta es malo para la salud». Y lo termina de probar una investigación publicado en la gaceta «Science» y elaborado por científicos de las universidades de Washington, Georgetown y California.

Por vez primera se ha podido probar en laboratorio que el impacto de la radiación espacial –es decir, del viento de partículas galácticas que baña el Cosmos y del que estamos protegidos en la Tierra merced a nuestro escudo magnético– en los tejidos internos del cuerpo es una realidad.

Desde el momento en que el humano abandonó por vez primera la protección de la atmosfera terrestre en los comienzos de la exploración espacial, hay una creciente preocupación sobre el influjo de las radiaciones recibidas ahí fuera en la salud de los astronautas.

Las radiaciones ionizantes que se dan en el espacio son muy, muy diferentes a las que estamos habituados a percibir en la superficie de la Tierra. Por el momento, los periodos de tiempo sometidos en misiones espaciales no son excesivamente largos, mas una más que probable expedición a Marte en el futuro demandará a los astronautas que se expongan a miles y miles de partículas energéticas como protones y también iones pesados procedentes del Sol y de acontecimientos galácticos lejanos.

 

Los protones son los componentes primordiales de esta radiación galáctica. Se calcula que por lo menos una tercera parte de las células del cuerpo de un astronauta serían impactadas por ellos en un viaje de duración media a Marte.

En nuestros días, existen tecnologías de protección avanzadas que dejan filtrar la mayoría de esos protones, mas los especialistas en exploración espacial están más preocupados por el alcance que puedan tener los iones pesados. No obstante, estas partículas son más bastante difíciles de parar con los trajes y los escudos de los que tenemos actualmente.

Para entender mejor los efectos de esa radiación sortea, los científicos han usado modelos de laboratorio y, específicamente, se han fijado en el comportamiento de ciertos órganos internos, sobre todo del aparato digestible.

El tracto gastrointestinal es un aparato altamente sensible a las radiaciones y, además de esto, presenta un elevado índice de repuesto celular. Como en él se produce un sinnúmero de duplicaciones celulares –las células nuevas sustituyen a las viejas– es simple estudiar las alteraciones que se generan en todos y cada generación por culpa de las radiaciones.

 

Hasta el momento no se había comprobado cuál es el efecto en realidad de la radiación en la migración de células en, por servirnos de un ejemplo, un órgano como el intestino. Esta función es esencial para sostener sanos los procesos de absorción de nutrientes, el filtrado de toxinas y el control de los procesos inflamatorios.

En ratones de laboratorio sometidos a radiación ha sido posible verificarse que el elcance de las partículas energéticas como las que impactarian a un astronauta en una expedición a Marte produce evidentes efectos desfavorables en el equilibrio celular del intestino. Los efectos son perdurables y no desaparecen hasta el momento en que transcurre un periodo de tiempo que va desde los 7 hasta los sesenta días, en dependencia de la radiación y del propio individuo.

Hay otras muchas secuelas que se han probado relacionadas con la exposición a las radiaciones galácticas. Se observa, por servirnos de un ejemplo, un incremento de la generación de integrinas –glucoproteínas que se encuentran en la matriz celular y que además de esto participan en la unión entre las células–.

Este incremento puede estar relacionado con procesos inflamatorios patológicos. Además de esto, se observa un aumento en la actividad de células senescentes, que son las células que se encuentran en sus últimas fases de desarrollo y que abundan cuando se genera el envejecimiento de un tejido determinado.

 

En todos y cada uno de los casos, se nota una conexión directa entre ciertos géneros de radiaciones y el incremento del daño en el ADN, un proceso afín al que ocurre en la Tierra en el momento en que nos exponemos a radiaciones ionizantes como es el exceso de luz solar o bien las que desprende una central de energía nuclear, si bien, evidentemente, en menor medida.

Se aprecia que el daño en el ADN está bajo los umbrales de la apoptosis –o muerte celular–. O sea, las perturbaciones provocadas por estas radiaciones no son tan graves para llegar a la muerte de los tejidos.

El estudio se ha enfocado en el intestino de los ratones, mas los resultados muestran que esos efectos podrían generarse en otros tejidos como el colon, unas zonas que son considerablemente más propensas a la generación de cánceres. Eso quiere decir que no sería insensato meditar que los viajantes y viajantes de las primeras misiones a Marte pudiesen padecer un mayor peligro de sufrir cánceres como el de colon.

El agobio al que se someterán sus células a lo largo de las misiones de larga duración es notable y, indudablemente, contribuirá a acrecentar el peligro de sufrir ciertas enfermedades gastrointestinales. Desde el primer año en el espacio, estos efectos se hacen todavía más evidentes.

En suma, se ha probado con tejidos reales que el acto de ser astronauta va a suponer en el futuro un evidente peligro para la salud de estos profesionales del espacio. Los viajes por largas temporadas que se planean para las próximas décadas van a deber tener en consideración esta realidad.

 

Para eludir las consecuencias que puedan producir va a ser preciso crear materiales suficientemente aislantes en las naves y en los trajes espaciales. Mas, al tiempo, asimismo deberá elaborarse una estrategia médica conveniente que contrarreste los efectos de la radiación y asista a prevenir la aparición de daños que pueden resultar fatales una vez de vuelta en la Tierra.

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